Quizás esto
debería estar en mi diario, y no en un archivo. Menos publicado.
Recordarlo es difícil;
escribirlo es doloroso; hablarlo es imposible. Aún no he podido conversarlo en
terapia, pero pareciera que algo en mí está listo para dejar escapar algunas
memorias. Para soltar un poco de sufrimiento. Aunque sea de forma extraña; aunque
sea de forma incompleta.
Era el día de mi
alta. No me sentía bien: estaba mareada, ya me había desmayado y sentía que
volvería a pasar. No tenía mucha noción del espacio ni del tiempo: creí que era
normal en aquel momento no saber si era de mañana o de tarde, o cómo estaban
ubicados los muebles de la habitación en que estaba. Sentía dolor. Lo mencioné.
No pareció importante. Partí asustada a mi casa, queriendo quedarme quieta como
una roca; insensible como el agua transparente, fría e imperturbable de una
jarra. Llegué y todo estaba desordenado: mi mamá comenzó a cambiar las sábanas
y ordenar mis insumos médicos mientras hacia todo mi esfuerzo por permanecer de
pie unos segundos, o sentada en un sillón. Luego se fue junto a mi pareja. Sólo
quedaba mi papá y mi bebé. Estábamos yo y el pequeño recostados en la cama. Me
levanté al baño con lentitud y al volver sentí que me desmayaría de nuevo: las
agujas en la nuca, el frío en el pecho, las piernas sin fuerzas, la vista
negra, la sensación de caída hacia atrás. Me afirmé de una pared y me arrastré
de vuelta a la cama. Me quedé ahí en silencio. Comencé a sentirme peor. Mi papá
tenía que irse, porque se hacía tarde. No quise decirle nada, porque nunca sabe
cómo reaccionar cuando las situaciones son críticas. Le dije que esperara un
poco más a que Arturo llegara. Finalmente se fue antes. Empezó a anochecer.
Arturo tenía que volver de dejar a mi mamá. No debía quedar mucho, pero había
tráfico. Los minutos empezaron a pasar demasiado lento. Recostada, con mi
recién nacido de 5 días bajo el brazo derecho, sentí que ya no podía moverme.
Despegar la cabeza de la cama parecía titánico. El riesgo que tenía de una
preclamsia tardía me tenía aterrada y temblando como una hoja. Todo giraba y me
sentía más desorientada que nunca. Sabía que un movimiento de cuello fuera de
lugar podría significar desmayarme. Lloré en silencio mientras en la ventana
empezaba el crepúsculo. Con la mano alcanzaba a tocar a Dante, que no lloraba.
El tiempo seguía pasando y me urgía volver al baño. “Arturo no llega, no puedo
moverme” pensé -debía haber pasado media hora-, y me propuse aguantar lo que
pudiera hasta que tuviera que orinarme en la cama. Entonces llegó y me vio. No
recuerdo mucho, sólo que pude avisarle que no estaba bien, que necesitaba
tomarme la presión. Me ayudó y logramos amarrar la máquina alrededor de mi
brazo: 180/110. Me sentí helada. “Finalmente está pasando. Mi preeclamsia se
desató. No puedo moverme, me voy a morir”. Todo seguía girando y cuando
intentaba levantar la cabeza todas las sensaciones volvían multiplicadas.
Mareo, desorientación, frío, negro. Sentía que lentamente perdía la conciencia.
Sin moverme le indiqué a Arturo que llamara a la ambulancia. Fui dictándole con
frialdad cada cosa que tenía que decir. Luego, esperar. El maldito tráfico. La
ambulancia no llegaba y yo sentía que un sueño extraño me embriagaba tirándome
a una oscuridad amarga. Le dije a Arturo que no alcanzaría, que ya no aguantaba
más. Lo escuché llorando y rogándole desesperado al cuadro de mi abuela que no
le hiciera eso. Llego la ambulancia. La presión bajó. Me trasladaron a la
clínica, volvieron a hospitalizarme y me ingresaron a una serie de exámenes
mientras mi hijo lloraba por su mamá y su alimento, y mi pareja (luego del peor
tramo en auto de su vida: solo, sin saber qué sería de mí, intentando divisar
la ambulancia que me trasladaba, con un recién nacido frágil como una polilla
atrapada dentro de una mano lloraba a gritos hasta que su silencio absoluto y
de golpe simuló la muerte. Más muerte.). Quizás había vuelto la epilepsia.
Quizás la preeclamsia había replicado su entrada triunfal. Quizás era mi
ansiedad desatada. O disautonomía. Quizás todo.
Dos
días más en la clínica: síndrome de abstinencia de benzodiazepina. No sabían en
ese entonces que además el cambio hormonal, la anestesia y probable un conjunto
de factores habían empezado de desarrollar un estado migrañoso constante, difícil
de identificar: migraña vestibular. Me encontraba recién operada, con una
anemia descontrolada, habiendo superado una preeclamsia preparto, con mi síndrome
de ansiedad generalizada sin tratamiento y con abstinencia de mi medicamento y
con un vértigo neurológico que aún no encontraban. Hoy sé que caminé en el
infierno y salí.
Quizás la vida es eso: atravesar pequeños
infiernos y volver luego a pisar la tierra, preguntándose qué pasó realmente,
quiénes somos ahora y cómo logramos sobrevivir. Quizás la vida es eso:
atravesar sufrimientos que no pudimos imaginar nunca antes, para acabar
preguntando infinitamente qué hubiera sido.
A menudo mi vida se transformó en un cícilico
“¿Y si?”. Intentando encontrar la causa o un culpable. Quizás aún una cura o
una explicación que calmara mi ira, que apaciguara mi pena, que controlara mi
miedo. Quizás hubo culpables, y curas, y consuelos. Nunca lo sabré. Mientras
pienso… ¿Y si hubiera tomado la doctora que recomendó mi ginecóloga cuando
semanas antes de mi parto nos avisó que no podría atenderme, en lugar de elegir
el médico que finalmente me trató? ¿Y si él hubiera sabido que el clonazepam no
estaba contraindicado para mí luego de la cirugía, ni para mi bebé en la
lactancia? ¿Habría estado más tranquila? Lo suficiente como para no estar
aterrada de amarrarme un velcro alrededor del brazo tres veces al día. Lo
suficiente para poder dormir lo suficiente la primera semana luego de parir y
poder disfrutar a mi hijo recién llegado, recordando quién era yo, qué día y
hora era y dónde estábamos. ¿Habría eso cambiado aquel día crítico, evitando
que mi presión se disparara? ¿Recordaría los primeros meses, en que fui poco más
que una planta emanando el más profundo terror?
¿Y si hubieran descubierto antes que no podía salir, ni tomar a Dante,
ni a penas levantarme de la cama sin caerme, porque tenía vértigo, y no porque
era una persona ansiosa intentando ser madre, habría recibido menos críticas?
¿Habría sido más comprendida: más amada? ¿Existía realmente algún punto de la
cadena en que todo hubiera podido evitarse? ¿Existía otra historia posible?
En
ocasiones me ahogo pensando en todo lo que podría haber sido distinto,
idealizando imágenes de mi postparto sin tanto miedo y sufrimiento, disfrutando
más a Dante. Sin contar los minutos, y las horas, y esperar que pasara siempre
un día más. Un solo día para que el infierno terminara. Pero entonces nos veo
ahora, y sé que terminó. Al menos la peor parte. Y quizás no recuerdo mucho de
como iniciamos, pero siento el calor infinito que produce el amor por mi hijo
cada vez que lo veo. Sé que lo repetiría todo de nuevo por tenerlo en mis brazos,
y vuelvo a preguntarme: ¿Y si todo hubiera sido distinto? ¿Y si aquel día, que
aún cuesta recordar, cuyos paisajes y olores se entierran como punzadas en el
estómago, no hubiera entrado viva a esa ambulancia? ¿Y si hoy no estuviera con
Dante? ¿Y si la preeclamsia hubiera ganado? ¿O la infinidad con que pasó el
tiempo mientras mi angustia por no mejorar se acrecentaba y las voces seguían
susurrando “es ansiedad”? ¿Y si no hubiera luchado hasta el último momento, con
cada herramienta, por defender lo que yo sentía y lo que yo sabía? Quizás en
realidad soy afortunada. Y soy valiente en medio de tanto dolor. Y entre tanto enajenamiento
pude mostrarle a mi hijo la lección más importante que jamás le podré dar: que
se lucha hasta el final. Que los infiernos se cruzan aún con miedo. Que por él
los cruzaría todos. Que el tiempo, siempre, siempre, siempre, pasa; aún en los
días más lentos y tormentosos. Mi historia es triste. O quizás no. Creo que al
final de todo, yo gané. Nuestra familia le ganó a lo adverso.

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